29 abril, 2018

La muy meritoria, Emérita Augusta

Mérida es una de esas ciudades con una calificación extraña dentro de nuestro país. No es capital de provincia, por lo que no tiene la fama por serlo, pero sí es capital de una Comunidad Autónoma como es Extremadura, un status similar al que tienen otras no-capitales-de-provincia como Santiago de Compostela; pero Mérida ni es capital, ni es ciudad ni nada parecido, Mérida es Roma.

Si hay una antigua ciudad de época romana que hoy en día de verdad te lleve a esa época, ni Segóbriga, ni Tarraco, ni Itálica, ni Obulco, esa es Emérita Agusta. Podríamos decir que es la mejor conservada de todas, pues cuenta con teatro, circo, anfiteatro, foro, termas, arco, embalse, puente o acueducto de esa época, todo ello beneficiado por haber quedado muchos de ellos enterrados y por haber sido Mérida poco más que un pequeño pueblo hasta bien entrado el siglo XX.



Mérida fue una importante ciudad romana, capital de la Lusitania, una de las mega-provincias en que Roma dividió la Península Ibérica, testigo de ello es su impresionante Museo Nacional de Arte Romano, con magníficas estatuas, bustos, espectaculares mosaicos y vastísimas colecciones de monedas, lucernas o hebillas de cinturón, que dan fe todas ellas de un pasado glorioso muy bien conservado, y de estar en un territorio que claramente te retrotrae veinte siglos más atrás.



Pasear por Mérida es hacerlo por calles llenas de historia, que en su día fueron las de la magnífica ciudad Emérita, arriesgándose a perderse y quedar extasiados de repente ante la majestuosidad del Arco de Trajano (realmente de "Tiberio") o del Templo de Diana (realmente dedicado al culto imperial), situados estratégicamente para pillar por sorpresa al viandante, que pensando quizá en tomarse un refrigerio al llegar la noche es extasiado por la imagen fantasmagórica de alguno de ellos, quizá viniendo de entre los muertos, como quizá algunos derruidos templos o arcos hagan de vez en cuando en otras ciudades que los perdieron, apareciendo estos, por suerte en cuerpo real, con piedra viva tras tantos siglos, manifestándose como entes reminiscentes del pasado, como los últimos vestigios de la magnífica ciudad que bajo nuestros pies habita, o duerme...



Pasear por Mérida te permite ir como si nada desde el foro hacia la zona neurálgica de los espectáculos, rodeando el anfiteatro en el que tantas magníficas luchas se sucedieron, el teatro en el que tantos excelentes actores hicieron magia de la mano de extraordinarios guiones de mitos como Séneca o Sófocles; placer adulto que diría aquel, disfrutando de semejante conjunto de dos obras públicas sin igual, tan bien conservadas por ser tan reciente su aparición y no haber sufrido demasiados saqueos.




Sí, hablamos de una ciudad completa, con su acueducto de los Milagros, que riega toda la ciudad trayendo el agua desde el Embalse de Proserpina, llegando quizá a las termas, llegando quizá al jardín de la casa del Mitreo, o llegando a las cuadras donde los caballos esperan prestos para salir al circo, a ese impresionante hipódromo que a las afueras de la ciudad hacía las delicias del pueblo emeritense, ya fueran esclavos o plebeyos, patricios o tribunos, centuriones o senadores.





No es posible ir a Mérida sin creerte romano, sin ser consciente de tu yo de hace dos milenios, de que gente como nosotros, no muy diferente habitó allí, de que nos dejaron ese legado para que nunca nos olvidáramos de ellos. No, no es posible pasear por sus calles y reparar en que esos edificios tenían por supuesto locales comerciales como hoy en día, cómo quizá algunos se ganaran ahí la vida, cómo de pequeñas eran sus casas, pues no necesitaban tanto como hoy, sin gas natural ni electricidad, sin televisión y sin móviles, pero tan cercanos a nosotros que casi podríamos tocarlos, que casi podríamos hablar una lengua si no fuera porque los latinajos ya quedaron muy lejos de las glosas, y éstas de los lenguajes sms actuales, casi incomprensibles para muchos de nosotros como aquel viejo latín que al final no deja de ser nuestro padre.

Pasear por Mérida es recordar todos esos extraños nombres que son tan corrientes, los Flavios, los Publios o los Cayos, quizá muchos de los primeros pobladores de esta ciudad, que fueron soldados retirados de las legiones cántabras, y volver a vernos en ellos cada uno de nosotros, mientras echamos un último vistazo mañanero a esos fantasmagóricos arcos y templos de anoche, que hoy se revelan dóciles e inofensivos, pero todavía impresionantes, mientras cruzamos el puente sobre el río Guadiana pensando que vamos en uno de esos carruajes quizá hacia Cesaraugusta, Toletum o Córduba. Eso sí, Mérida no es sólo Roma, sino que cuenta con otros atractivos como la Alcazaba árabe o la Basílica de Santa Eulalia (primer templo cristiano construido en Hispania)



Sin duda que os recomiendo visitar esta ciudad, sobre todo a los amantes de la arquitectura antigua, a los seguidores de las piedras, a los que os gusta la historia, a los que desean patear cualquier nueva ciudad, y a los que idolatran evocar los ecos de un tiempo pasado, de eso Mérida tiene bastante y en España como la que más, y sin duda como siempre os recomiendo en todos estos casos, ir junto a alguien que merezca la pena...

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